Títeres

El viejo se había mudado días atrás, trajo consigo las mismas chácharas que toda la gente carga, pero hubo algo en especial que llamó mi atención. Había decenas de maletines metálicos muy bien cuidados, y de distintos colores, tenían placas con algo escrito, y cerraduras de llave. Por más que me acerqué, no pude ver con claridad, y mucho menos descubrir lo que había dentro, espié también por las ventanas, pero sin suerte.

En poco tiempo mis dudas fueron aclaradas, ya que fui descubierto husmeando. El anciano y mi madre acordaron que yo le ayudara a organizar sus cachivaches para que se instalara más rápido, y el señor de forma muy amable me mostró que cada uno de sus maletines, contenía un títere, y en la placa se mostraba su nombre. Yo los encontraba ridículos, pero el pobre viejo los adoraba, casi podría decir que eran su mundo. Solo estuve ahí un par de días, pero fueron suficientes para no tener ganas de verlos otra vez.

Para mi desgracia, el castigo por parte de mi madre no había terminado, me ofreció de voluntario en casa de las vecinas, para colocar trampas de ratones en los huecos pequeños, al parecer estos animalejos habían aumentado en número y roían las paredes para asaltar las cocinas del vecindario. Las trampas no funcionaron, los ruidos en las paredes o estanterías eran cada más intensos, y no había bocado que se salvara, así que a petición de muchos, la mejor solución fue adoptar gatos.

Debo admitir que el nuestro me sacó mas de un susto, al arañar las puertas por las noches, o aparecer de pronto cerca sin haberlo escuchado venir, también el muy desconsiderado se escondía por los rincones y me saltaba encima cada vez que podía, en más de una ocasión lo golpee sin querer. Era adicto a trepar por el árbol junto a mi ventana y alborotar el follaje para que el ruido me crispara los nervios o a esconderse bajo las prendas o el canasto de ropas para que casi cayera desmayado al ver las cosas moverse sin razón aparente.

Apenas empezaba a acostumbrarme a todo eso y tomarlo sin tanta impresión, cuando de pronto apareció muerto, con una terrible herida en su abdomen, mi padre dijo que una rata lo había mordido, fuimos a enterrarlo en el jardín, pero lo hicimos rápido, pues esa noche se puso especialmente fría, y una niebla impedía la clara visión, y mi madre nos llamó pronto a casa.

Por la madrugada, escuché el acostumbrado ruido en los árboles, abrí la ventana para que el gato entrara, y volví a la cama, unos minutos más mientras quería seguir mi sueño, recordé que ya no teníamos gato, y me levanté agitado pensando en el regaño que me esperaba por haber dejado entrar a un animal que no era el nuestro.

Empecé a buscarlo en silencio, y escuché aquellos ruidos en la cocina, fui despacio, haciendo el menor ruido posible y encendí la luz de pronto… mis quijadas se desencajaron por la impresión que me lleve, ahí en las estanterías abiertas, había un par de títeres del viejo haciendo destrozos, no lo podía creer, quería gritar, correr, pero no podía… las cosas aquellas se movían con voluntad propia, y sonreían por sus travesuras. Sin saber de dónde, tomé fuerzas para darme la vuelta, pero en mis pies tenía una par de esos horrendos muñecos enredándome con sus hilos…tan fuerte fue el golpe que di al caer, que mi padre vino con el bate en la manos. Imagino que esperaba golpear algún ladrón, pero en lugar de eso, casi al borde de la locura tuvo que dar de golpes a esas horrendas criaturitas, hasta estrellarlas contra la pared.

Él no quiso saber nada, solo nos tomó a todos y nos llevó a casa de mi abuela. No quiso regresar jamás a la casa, e impidió que alguno de nosotros lo hiciera, dejamos todas nuestras cosas atrás, empezamos de nuevo solo con lo que teníamos puesto y no quiso hablar jamás del tema. Aun lo veo ponerse nervioso al escuchar un ruido, al igual que yo.

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