Hágase la oscuridad

Gritaba el loco del pueblo sobre una época de escases, en la que muchos murieron de hambre, y los pocos que quedaron de pie tuvieron que inclinarse ante el Señor de las Tinieblas para sobrevivir, empeñando hasta su propia descendencia a cambio de llevarse el sufrimiento. Sin embargo, a estas palabras nadie prestaba atención. Locos como él son comunes, inclusive, en las localidades más pequeñas, y hasta cierto punto la gente los adopta como suyos, dándoles atributo de pintorescos.

Como es habitual en estos casos, no pasó mucho para que empezara a profetizar el fin del mundo, pidiendo a las personas que se acercaran para decirles cómo salvarse, pero, seguían ignorándolo, y los que dedicaban un momento en él, era para solamente para molestarlo.

Al trascurrir unos días, su ausencia se hizo notar, la mayoría de las personas ignoraba sus pláticas, mas no así su persona. Era extraño no verle en su esquina preferida, podría decirse que hasta llegaron a extrañarle. Cuando finalmente lo encontraron de nuevo en su cruce favorito, le cuestionaron sobre los días en que desapareció. Su mirada había cambiado, en conjunto con su sonrisa, le daba un toque macabro que no le conocían, y no tardó en decir, que él, era el Señor de las Tinieblas, con el cual los antepasados sus abuelos pactaron, y hoy venía a reclamar todas las almas que se le debían. Estuvo fuera unos días, reuniendo su ejército de demoniacas criaturas absorbe espíritus, ya que nadie quiso acerarse a él para salvar sus vidas cuando se los ofreció…

Tras las innumerables y escandalosas carcajadas de aquellos que lo escuchaban, un fuerte estruendo comparado al de un rayo se escuchó por los alrededores, parecía que una estampida se acercaba, luego con unas simples palabras, comenzó la masacre: —¡Hágase la oscuridad! —dijo uniéndose a las risotadas y el Sol se apagó. Los gritos vinieron de todos lados, pero se ahogaron en los intensos gruñidos, de aquellos que disfrutaban absorbiendo las almas de los pobres incautos, mismos que nada tuvieron que ver en el trato, pero ya estaban condenados desde su nacimiento.

Dos o tres minutos de oscuridad bastaron, cuando el Sol volvió a brillar en todo lo alto, solo quedaron tendidos sobre el suelo, cientos de cuerpos. Y las horribles criaturas se marchaban satisfechas después del gran festín, ante los aterrorizados ojos de los sobrevivientes, a quienes no tocaron, por no llevar en su interior, ninguna relación sanguínea con los realizadores del acuerdo.

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