Cuento de terror los guardianes de la puerta

Antes de desaparecer de una forma misteriosa, la mujer dejó un consejo de vida o muerte para su hijo, posiblemente ya presentía lo que estaba por ocurrirle, y quiso asegurarse de que su pequeño estuviera bien.

En su advertencia, le dijo claramente que si ella no volvía, abandonara la casa de inmediato. Sin embargo, el pequeño no se sentía muy cómodo con sus parientes, y tampoco quiso darle molestias a un vecino, por lo que se quedó, solo, hasta la llegada de la fría noche.

Ahí estaba el pobre niño, hambriento, asustado y nervioso, distinguiendo sombras en la penumbra, pues la pobreza extrema les dificultaba incluso contar con energía eléctrica. Solo tenía en sus manos una triste y maltrecha vela reciclada, la cual volvían a formar una vez que se consumía, colocando una nueva mecha. Pero aquel pedazo de candela era tan minúsculo que difícilmente duraría toda la noche o alcanzaría para romper la negrura más allá de sus narices. Así que el niño la guardaba con recelo, esperando el momento en que no resistiera más el pavor a las criaturas que se esconden en la oscuridad o las brujas chupasangre que hacían ruidos en el techo.

No tuvo que pasar mucho para que estuviera completamente aterrado después de echar a volar su imaginación, trayendo a su humilde casa todos los seres malignos que conocía. Pero nada de lo que fantaseaba, era tan malo como lo que vivía en aquella pequeña habitación que su madre mantenía cerrada.

En ese pequeño cuarto de 2×2, estaba encerrado el peor de los horrores, algo que la humanidad ni siquiera podría imaginar, que convertiría la tierra en un lugar de sufrimiento mayor que el mismo infierno

Y alzaba su voz, llamando al niño, pidiendo que abriera la puerta para liberarlo, prometía devolverle a su madre, y darle todo lo que quisiera para vivir feliz…solo con el primer ofrecimiento, ya tenía la atención del pequeño, el cual se acercaba lentamente, pero sin duda alguna de quitar los cerrojos…

Puso su pequeña manita sobre la oxidada aldaba y jaló con todas sus fuerzas, pero no eran suficientes para mover aquel metal que había estado en ese sitio por cientos de años…la voz tomó un tono agitado y ansioso, mientras el niño golpeaba el cerrojo con lo que tenía al alcance.

Su plan funcionó, después de tanto pegarle a la tranca, esta cedió, apenas por una pequeña rendija al desplazarse al puerta, salió una intensa luz roja y un espeso humo negro que le robaba la respiración al pequeño, pero aun así, hacia esfuerzos por destrabar aquel pedazo de madera que crujía más que el cielo el tormenta…

De pronto, detrás de él, se distinguió una silueta, de entre el humo salió una mano, que puso nuevamente el candado, —No será hoy mi niño, ¡aquí estoy!— dijo la madre cargando en su voz pesadez y cansancio, pues había realizado desde tiempos que ya ni recuerda, la tarea de mantener cerrada aquella puerta para salvar a la humanidad.

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